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Una catedral hecha de sal bajo tierra

Catedral de Sal Zipaquira

A través de un túnel colorido con el techo decorado de banderas y saludos escritos en diferentes idiomas, nos dan la gran bienvenida a quizás una de las obras de arquitectura más imponentes y peculiares del mundo. Vamos a por nuestra segunda luna de miel en Colombia y terminamos aquí, en la Catedral de Sal de Zipaquirá, juntos mi marido y yo, tallando nuestros nombres en un pequeño candado, y jurándonos nuevamente amor eterno, mientras lo dejamos colgado en unas rejas metálicas que me recordaron al Pont des Arts en París. Sin planearlo mucho, terminamos escribiendo nuestra propia historia de amor en el penúltimo día de aventuras por Colombia, y en un lugar al que los católicos, y los no católicos, vamos a hacer promesas, declaraciones y juramentos 180 metros bajo tierra y con toneladas de sal encima.

Bogotá

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Esta catedral, que además es una mina de donde se extrae el mineral desde los años 1.800, y también es un parque en el que tenéis opciones para escalar o hacer caminatas, podéis encontrarla a una hora y media de Bogotá. Si estáis de fin de semana, podéis tomar el tren turístico de la Sabana, un medio de transporte de antaño que fue recuperado con la intención de hacer viajes turísticos hacia algunos destinos cercanos a la capital; esta opción hace esta experiencia aún más especial por el paisaje, la música y la gente que vamos conociendo hasta llegar a Zipaquirá. Tan pronto aterrizamos en la primera maravilla del país – así fue denominada en Colombia - la guía nos cuenta que estamos en una montaña de sal en la que vivieron Muiscas, la comunidad indígena que llegó a Zipaquirá atraída por la sal hacia los años 1.400. Y sí, el olor es innegable. Yo que soy curiosa quiero probar la sal y corroborar si en verdad sabe a sal, sobre lo cual la guía me dice – ¡a probar! todos podemos probar la sal que se va filtrando a través de la montaña, especialmente cuando llueve; entre más agua hay, más blanca es la sal. Cada paso hacia adelante en este recorrido se convierte en una extraordinaria excusa para entender la inmensidad de la naturaleza, el ingenio y la destreza de lo humano, y lo a veces inimaginable pero maravilloso de la historia: las 14 estaciones del Vía Crucis; la cúpula de la Catedral; las naves que reflejan el nacimiento, la vida, y la muerte y la resurrección de Jesús; la capilla de los mineros cuyas lámparas púrpuras también son de roca de sal; la cruz subterránea más grande del mundo, y el espejo de agua de sal o “salmuero”, son suficiente razón para declarar esta visita como una de las mejores de nuestras vidas. Casi dos horas y media llenas de un valor histórico y arquitectónico único terminan en la inevitable zona de venta de recuerdos. Más que comprar unas esmeraldas, sin embargo, estamos tentados a hacernos un masaje relajante en el Spa de la Sal.

Regresamos a la estación desde donde sale nuevamente el tren para regresar a Bogotá. A un día de regresar a casa nos llevamos mucho más que sal. Tenemos ahora el recuerdo de una segunda luna de miel en la que una gran montaña fue protagonista de un momento especial al lado de mi marido, prefiriendo hacer caso omiso a aquella temible superstición de que la sal es de mala suerte, y más bien, aferrándonos al profundo poder de todo lo que vivimos, escuchamos y juramos ante esta catedral que debería ser Patrimonio de la Humanidad.

 

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